Recuerdo que al final de mi primer embarazo tuve la clara intuición de que ese bebé iba a poner en jaque mi relación de pareja.
No sabía por qué. Estábamos enamorados, el cielo era muy azul y la hierba muy verde, y nadie (repito: NADIE) me avisó de que eso fuera a suceder.
Aún así, algo en mi interior me decía: “prepárate”.
Recuerdo también una vez que, mirando a mi pareja me dije: “Ada, este hombre es maravilloso. Y, más adelante, lo vas a olvidar. Recuerda esta percepción que ahora tienes: ¡RECUÉRDALO!”.
Por supuesto, nada de esto me preparó para lo que vino después.
Como para la mayoría de los mortales con intuiciones o sin ellas, el nacimiento de nuestro primer hijo arrasó nuestra armonía como pareja. No el primer mes, ni el segundo, bastante más adelante, cuando el cansancio ya pesaba y los problemas y discusiones se amontonaban sobre la mesa.
No me da vergüenza contarlo.
Ya no. Porque sé que, al igual que ocurre con los problemas para gestionar mi tiempo y mi hogar desde que soy madreno es una cosa que me pase solo a mí, sino que es un problema general de millones de parejas que, a día de hoy, se preguntan quién ese ese egoísta que sale a tomar una cerveza y quien es esa mujer controladora que está siempre de mal humor.
Pero no siempre supe esto.
Quizá tampoco lo sepas tú.
Por eso he querido traer este tema al blog.
Porque los problemas de pareja constituyen sin lugar a dudas una de las fuentes más importantes de estrés materno. Y ya sabéis que aquí hablamos, sobre todo, de la armonía de la familia empezando por las madres. Armonía + mommy. Pues eso.

De pareja a trío. Crisis de pareja tras el nacimiento de un hijo.

 

Hoy te traigo un librito que a nosotros nos ha ayudado mucho a entender el proceso en el que estamos. A contextualizarlo, a comprenderlo, a afrontarlo. Su autora es garantía de honestidad, de profundidad y respeto a la inteligencia: Mónica Felipe Larralde.
Mónica Felipe-Larralde es terapeuta transpersonal, Lda. en Derecho, Experta en Género y Salud, Experta en Comunicación y madre de dos criaturas.
Actualmente trabaja con mujeres en el periodo de embarazo y puerperio, así como con madres y padres, ofreciendo un espacio para la comunicación, el diálogo y la introspección. Su trabajo se centra particularmente en la investigación de las consecuencias del patriarcado en el cuerpo y la salud femenina y en el desarrollo de técnicas para revertir dichos efectos. Puedes ver su trabajo en su blog Estudios sobre el útero.
Autora del libro De pareja a trío, está dirigido a parejas que estén en crisis y quieran ganar compresión sobre el proceso que están viviendo para afrontarla de forma constructiva y a parejas que estén punto de tener un hijo, y sean tan listos como para querer adquirir una visión de lo que con mucha probabilidad está por venir.
Al fin y al cabo, como todo reto vital, la crisis de pareja tras la llegada de un hijo puede verse como una desgracia y alimentar el sufrimiento o como una oportunidad preciosa para crecer y evolucionar. Juntos o separados. Pero en paz.

Entrevista a Mónica Felipe Larralde

– ¿Cómo caracterizarías la crisis de pareja tras el nacimiento de un hijo? ¿Cómo es el día a día de una pareja con hijos en crisis?

Lo que a veces ocurre cuando llega un hijo a la vida de una pareja es que la mujer sufre una importante transformación y el padre no tanto. La maternidad para muchas de nosotras es una etapa de cambio profundo que afecta tanto a los valores como a la identidad.

El hombre (o la pareja mujer que no ha gestado) no puede reconocer en esa persona a aquella de la que se enamoró. Todo ha cambiado: los gustos, las necesidades, las prioridades en la vida… y entonces se produce un alejamiento vital y emocional que caracteriza esa crisis.

El día a día se vuelve áspero y lleno de discusiones. Puede que la madre se encuentre en estado de hipervigilancia, con mucha necesidad de controlar todo lo que sucede alrededor, que puede ser un síntoma de su inseguridad ante su nueva situación. Puede que emerjan en ella sentimientos de vacío o abandono que pretenda que su pareja cubra.

El padre puede que sienta una gran exigencia y que nunca hace nada bien, que no se le valora. Puede que sienta que ha perdido su lugar en los afectos de la madre, que se sienta herido también.

– En tu libro presentas la crisis de pareja tras ser padres como un acontecimiento completamente normal y generalizado, que no tiene nada que ver con haber elegido mal a la pareja. ¿Por qué a todos nos sorprende su llegada? ¿A qué crees que se debe este silencio social en torno a un hecho al parecer tan frecuente?

Porque la maternidad en el imaginario de esta sociedad es, o un producto edulcorado artificialmente, todo lazos, dulzura, ternura o un engorro del que sobreponerse lo antes posible para pasar por ella como si no hubiera existido.

La maternidad puede ser un espacio de transformación interior con sus luces y sus sombras. Es animal, mamífera, compleja, confronta nuestros aspectos más oscuros y saca a luz partes de nosotras y de la pareja que habíamos preferido ignorar hasta el momento.

A la gente no le gusta reconocer que no soporta a su pareja justo en el momento en que se supone que más felices debían de ser. A veces reconocer la crisis, puede parecer que se están haciendo las cosas mal, y que los demás no viven esa crisis porque son más listos, se quieren más o no se equivocaron al elegir pareja.

– Una y otra vez, señalas en tu libro que la ausencia de tribu (familia extensa cercana, relaciones vecinales, otras madres próximas, etc.) es una de las principales causas de la crisis de pareja. Coincidimos en una pareja es un grupo social completamente insuficiente para criar a un bebé. Implicar a más personas en la crianza de un hijo, ¿mejora la relación de pareja?

Pues depende. Si te llevas regular con la suegra y decidís que va a cuidar del bebé algunas horas al día, eso puede producir conflictos con la pareja. Porque habrá cosas que la mujer haga que a ti no te parezcan bien y eso situará a la pareja en medio de las dos.

En realidad, hablo de una organización social en la que la maternidad tenga cabida. Una mujer sola en casa con un hijo recién nacido no es una buena idea.

Tener círculos de apoyo con otras madres, salir con parejas amigas y sus hijos, contar con familiares bien avenidos con una visión de la crianza similar es una gran ayuda. Si estamos más relajados, la relación de pareja se va a beneficiar de la ausencia de estrés y el descanso.

– ¿Qué recomendaciones daría a una madre que se encuentra sola en casa con su bebé, agotada y sin prácticamente sostén emocional ni apoyo? En la práctica, ¿cómo puede empezar a generar esa tribu?

Una buena recomendación para una mujer que acaba de dar a luz es que se encuentre con otras mujeres que estén en su misma situación. Que asista a lugares en los que pueda encontrarse con iguales, personas que están viviendo un proceso similar al suyo.

Durante años, organicé grupos de crianza con madres. Nos reuníamos cada semana a hablar. Se formulaban preguntas sobre los bebés, se desahogaban, hablaban de sus parejas y de las suegras, de la madre, de las diferentes etapas… Era un lugar en el que las mujeres que estaban inmersas en esa revolución vital podían tener un asidero en el que reconocerse las unas a las otras.

Saber que lo que le pasa a una, no solo le pasa a ella, sino que le pasa a más personas y poder poner palabras a esa experiencia era muy tranquilizador.

Pueden ir a grupos de lactancia, actividades de tiendas especializadas,  grupos de whatsapp en las que las madres quedan con sus hijos… ahora hay muchos más recursos que hace unos años. Quedar con la vecina, encontrarse en el parque a la misma hora… ir tejiendo redes de apoyo y sostén mutuo favorece mucho esa etapa. En casi cada ciudad se pueden encontrar ahora iniciativas de este tipo.

Claro que también hay que estar dispuesta a abrirse, a salir, a buscar para encontrar.

– En el segundo capítulo del libro, hablas de un mecanismo en el que yo también había reparado y me resulta muy curioso y hasta divertido: lo que nos enamoró de nuestra pareja es lo mismo que luego nos desenamora. ¿Cuándo estábamos cieg@s: antes o después?

No es que estuviéramos ciegos, es que lo que nos resulta atractivo de una persona son aquellos aspectos que no hemos desarrollado plenamente en nosotros y pujan por salir. Pero cuando llevas un tiempo con esa misma persona, esos aspectos que no has estado desarrollando, provocan malestar.

Pondré un ejemplo: si soy una persona insegura lo más probable es que me sienta bien cerca de una persona con aplomo y seguridad personal.

Con el paso del tiempo, si no he ido madurando ese aspecto en mí, la seguridad de mi pareja terminará por resultarme molesta y la denominaré soberbia porque cada vez que él haga gala de su seguridad a mí me conectará con mi inseguridad. Y entonces surgirá el conflicto.

En general, la llegada de un hijo nos deja ver lo que había en la pareja desde antes. Si había falta de comunicación, la va a seguir habiendo, ahora con más intensidad. O si una de las partes era controladora o había falta de respeto, este aspecto se puede disparar con la maternidad pero siempre estuvo.

– Hay dos hechos que me gustaría que consideraras de modo conjunto. Por un lado, muchas personas que experimentan crisis de pareja tras el nacimiento de un hijo, albergan un fuerte deseo de que su pareja cambie y así lo expresan y, en muchos casos, exigen. Por otro lado, en tu libro sostienes que la principal causa de la crisis de pareja es la resistencia a los cambios. ¿Cómo relacionas estas dos ideas? ¿En qué medida podemos pedirle a nuestra pareja que cambie?

Es que el cambio nunca puede exigirse. Bueno, poder, se puede exigir, pero eso no tiene porque producir el cambio. Más bien va a dar lugar a confrontaciones y disputas.

El cambio ha de provenir del interior de cada persona. Y será el resultado de un proceso interno de maduración, toma de conciencia o responsabilidad.

Podemos pedir a la pareja que asuma responsabilidades, pero deberíamos hacerlo después de hacer un trabajo previo interno y ver qué parte estamos asumiendo nosotras y que parte estamos proyectando en el otro. Que estamos queriendo forzar porque nos resulta incómodo o no aceptamos nosotras, por ejemplo.

Pretender, con un hijo recién nacido en brazos, seguir haciendo mi vida como antes es muy inmaduro y va a generar frustración. La maternidad y paternidad es una nueva etapa vital y aceptarla (que tampoco pasa por olvidarse de lo que una persona es y le gusta) implica hacer cambios en los tiempos personales, actividades, prioridades… durante un tiempo de la vida.

– Pasamos a otro tema que también genera muchas discusiones en la pareja: la familia de origen de cada uno y su capacidad para producir conflictos en esta etapa de la vida. Afirmas que al entrar en la maternidad y paternidad disponemos de un momento ideal para romper el cordón umbilical con la familia, ¿cómo se hace eso y por qué es importante hacerlo? ¿No puede acarrear en la práctica un mayor aislamiento de las madres y de las parejas?

Romper el cordón umbilical con los propios padres no significa rechazar, alejarse o aislarse de la familia de origen. Significa que vivimos nuestra propia vida tomando las decisiones que, como adultos, nos competen tomar solo a nosotros. Implica ser independiente de los patrones relacionales de la familia de origen y crear nuestra propia realidad tal y como deseamos. Significa no quedarse atrapados en las expectativas de los demás.

Esto, que es lo esperable en un individuo adulto, no debería llevar a la ruptura de relaciones con la propia familia ya que es de esperar que las generaciones anteriores respeten las formas de hacer de las nuevas. Si esto no se produjera, entonces aún nos queda la comunicación, el diálogo y la negociación.

En los casos en que la falta de respeto sea insoslayable, quizá sea lo más sano alejarse temporalmente. Pero creo que eso es un caso muy extremo. En principio, no debería de darse esa separación por el simple hecho de que los hijos adultos tomen decisiones sobre su propia vida.

– Hay algo en De pareja a trío que me ha resultado profundamente revelador y es cuando afirmas que parece que las mujeres no podemos expresar nuestro cansancio o malestar más que a través de una crítica continua dirigida al padre de la criatura. Ok, vamos a ver esto en algunas situaciones prácticas que tanto las encuestas como la observación mundana me han proporcionado. Sabemos que ellos tienen 1 hora más de ocio y que ellas trabajan 2 horas más en casa. Esto se traduce en cosas como: él se echa una siesta, ella -que ha pasado la noche despertándose para atender al bebé- se indigna. Él se va a jugar al pádel, ella -que también que lleva el chándal pero que sin embargo no hace deporte- se indigna. El viernes por la tarde-noche, él “escapa” con sus amigos a tomar una cerveza después del trabajo; al llegar a casa ella, sí, de nuevo, está indignada. Normalmente haríamos una lectura en términos de “justa ira” y de falta de corresponsabilidad. Pero tú análisis no va por ahí: ¿Cómo lees tú esta situación? ¿Qué se nos escapa a la mayoría de mujeres? ¿Cómo podemos afrontar este desigual reparto del tiempo de ocio de forma constructiva?

A ver, muchas veces no se trata tanto de lo que hace la otra parte de la pareja como de lo que no nos damos permiso para hacer nosotros. Generalmente, las mujeres.

Cada pareja negocia los tiempos (aún si no se han sentado con un bolígrafo y una libreta en la mano a hacerlo). Hay una manera de proceder que cuando viene el bebé deja de servir porque han cambiado las circunstancias. Y hay que volver a establecer la convivencia. Hay que repartirse las tareas de nuevo y los espacios propios de ocio.

En ese caso, puede que los primeros meses de vida del bebé a la madre lo que le apetezca sea estar con él todo el tiempo y el padre, por ejemplo, puede seguir con su partido de baloncesto. Pero cuando el bebé va creciendo, la madre también puede comenzar a necesitar esos espacios propios. Entonces hay que sentarse y ver qué necesita cada miembro y conseguir que lo tengan.

Lo que sucede muchas veces es que nosotras ni somos conscientes de lo bien que nos sentaría los martes por la tarde quedar con las amigas a tomar café o ir a correr. Pero hay un malestar porque ya no estamos tan cómodas haciendo lo que veníamos haciendo. Y suele manifestarse en forma de críticas a la pareja.

Si algo no me gusta en la relación que estoy construyendo, lo sano sería pararse y expresarlo y buscar las soluciones para que la madre también tenga lo que necesita para estar bien.

– La actual queja generalizada por la falta de corresponsabilidad, ¿empodera o desempodera a las mujeres?

Creo que una mujer empoderada es aquella capaz de detectar sus necesidades y de ser proactiva en la búsqueda de su bienestar. Si algo no nos gusta, deberemos expresarlo. Si a pesar de expresarlo y buscar soluciones, éstas no llegan porque la otra parte implicada se resiste o niega… pues, entonces, una puede aceptar la situación o cambiarla. Creo que quedarse en la queja no hace feliz a ningún miembro de la pareja.

– A tu juicio, una de las asignaturas pendientes de la pareja es la aceptación del otro. Sin embargo, también dices que no hay que aceptarlo todo. Asumiendo que no hay recetas ni listas de “esto sí”, “esto no”: ¿cómo podemos ver con claridad qué es inaceptable y qué es aceptable? ¿Existe algún procedimiento o actitud que nos permita un mayor discernimiento?

Cada una de nosotros tiene sus líneas rojas de lo que es aceptable o no en función de su escala de valores, prioridades y filosofía de vida. Solo uno mismo puede responder a esto. Cuando no estás feliz en una relación es un síntoma claro de que hay asuntos que arreglar. A veces lo que para mí está clarísimo para el otro no lo es tanto. Hay que hablar, hablar y hablar. Expresarse sin miedo a no ser queridos por lo que deseamos.

Creo que el mayor discernimiento viene de ser honesto consigo mismo. ¿Qué quiero construir en mi vida? ¿Qué necesito? ¿Qué me hace bien? ¿Qué me hace mal?

– Una amiga en las redes nos planteaba si la crisis de pareja se agudiza por las diferencias en la manera de contemplar la educación de los hijos. Te pongo el caso concreto de otra madre que nos cuenta que, con el bebé ya en casa, descubre que quiere apostar por una crianza con apego y que el padre no. ¿Qué le aconsejarías?

Claro, tener diferencias irreconciliables en la crianza del hijo es un foco de tensión entre la pareja. Cada una de las partes cree saber mejor que la otra qué hay que hacer y a veces nos volvemos tan dogmáticos en nuestras posturas que hay poco margen para el entendimiento. Es necesario que haya un encuentro en la pareja sobre este punto. Lo que no pasa necesariamente por estar de acuerdo en todo.

En principio mi opinión, y es solo mi opinión, es que en la crianza (el primer año de vida o año y medio del bebé) la madre está por lo general más conectada con el bebé y sus necesidades que, además, suelen ser complementarias. El bebé quiere estar en los brazos de mamá y a las madres nos suele gustar estar cerca del bebé casi siempre. El bebé querrá mamar a cualquier hora y nosotras necesitamos que así lo haga para garantizar la producción y evitarnos problemas en la lactancia. El bebé querrá dormir junto a la madre y para la madre es más fácil atender al bebé si está cerca y no tiene que levantarse… Así que como esta etapa implica a la madre a nivel, no solo emocional, sino fisiológico, me parece más natural que ella decida. Sin que eso signifique que el padre no tenga nada que decir.

Después, conforme el niño va creciendo y dejamos atrás la crianza para que comience la educación, la figura del padre va ganando peso. No es lo aconsejable que se llegue a tener un hijo sin que la pareja se haya planteado algunas cosas importantes. Yo creo que los dos miembros tienden a complementarse. El padre a veces es más pragmático y trae consigo una cierta dosis de normalidad; mientras que puede que haya madres que tiendan a alargar etapas de desarrollo que ya pasaron. Pero lo ideal sería que llegaran a acuerdos.

Por supuesto, no estoy hablando de castigos físicos o maltrato psicológico al niño. Ese es un límite muy claro que nadie debe sobrepasar.

– Pasamos ahora a una cuestión espinosa que genera muchos desencuentros en el seno de la pareja y a la que tú también dedicas un capítulo: el sexo tras el nacimiento del hijo. Hace poco leí en El cerebro femenino  de Louann Brizendine: “la lactancia y el amor maternos sustituyen o interfieren a menudo el nuevo deseo de la madre por su pareja [la madre] tiene el cerebro inundado en oxitocina y dopamina que la hacen sentirse amada, vinculada física y emocionalmente satisfecha. No es raro que no necesite el contacto sexual”. También recuerdo que en mi “máster pre maternal” leí en El bebé es un mamífero de Michel Odent que la prolactina, hormona que segregamos durante la lactancia, sobre todos los 6 primeros meses, es antagonista de la libido. ¿No apunta esto a que criar en pareja, donde parece que las necesidades sexuales del varón quedan descubiertas, y en donde la mujer podría sentirse presionada –aunque fuera sutilmente- a tener sexo, es una solución fallida para la crianza?

A mi, en general, la idea de solo una pareja para criar me parece fallida, independientemente de este tema. También hay estudios que sugieren que cuando el hombre está más vinculado emocionalmente al proceso de crianza del bebé, su libido desciende. Tiende a convertirse en un compañero y aparca un poco el rol de amante.

Bueno, hay puerperios y puerperios. Es cierto que hay mujeres que no tienen deseo sexual y otras que durante los meses siguientes al parto aumenta. Cada pareja es mundo.

Si la mujer deja de tener deseo es normal. Y una nunca debería tener sexo si no existe deseo. Debería ser una ley incontrovertible porque, ¿Cómo llamaríamos al hecho de tener sexo sin deseo? Así que toca esperar. También es un proceso de aprendizaje respetar los tiempos del otro.

Y las mujeres a las que la libido les aumenta después de parir… pues, mira, todos contentos.

– En tu libro explicas que para que la familia funcione, las necesidades de todos sus miembros deben estar en equilibrio: las del bebé, las de mamá y las de papá (hablando de parejas heterosexuales, pero lo mismo se aplicaría a parejas homosexuales). Tan peligroso es ignorar las necesidades del bebé como las del resto de la familia. Creo que el discurso de la crianza con apego, además de luz ha traído muchas sombras y que, por razones complejas, ha acabado alimentando autoexigencias, maternidades de manual y generando mucha frustración. Actualmente se habla mucho (o mucho más que antes, afortunadamente) de las necesidades del bebé, pero no de las necesidades de la madre (ni del padre) en esta etapa de la vida. Tú señalas este hecho, alertas contra el error de “convertirse en una sombra del bebé” y explicas por qué no es buena idea sacrificarse por él. Termina, por favor, la frase: una madre necesita… Un padre necesita…

Una madre necesita… lo que solo ella sabe. Una mujer que se conoce y atiende sus necesidades estará dispuesta a cubrirlas.

El problema es que nos han acallado desde la tierna infancia nuestras necesidades y andamos por la vida de adultas sin ser capaces de, no ya atenderlas, sino reconocerlas.

Puede que necesite ir a yoga o a bailar algún día a la semana, puede que precise compañía, sostén emocional, información fiable, ayuda en la lactancia, confianza en que es capaz de hacerlo bien, puede que necesite a su madre cerca o lejos, que le cocinen…

Lo importante es que solo ella sabe qué es lo que necesita y además es la persona idónea para satisfacer esa necesidad. Cambiar de pediatra, pedir ayuda, sincerarse y desahogarse con alguien, buscar grupos de madres, negociar con la pareja los cambios…

Y un hombre, pues igual. Lo importante es que seamos honestos con nosotros mismos primero y después expresemos nuestras necesidades sin herir al otro, sin proyectar en la otra parte las culpas, siendo claros y generosos también con los demás.

Y siempre, cuando más pequeño es el bebé más, teniendo en cuenta que el bebé no tiene elección, no puede elegir y sus necesidades son irremplazables.

– Permite que me detenga en la armonización de las necesidades de la madre y las del bebé. Como bien dices: en una crianza sin tribu, la madre siente que la satisfacción de sus necesidades entran en conflicto con las de su hijo. Tiene que elegir: o cuidar del bebé o cuidar de sí misma, y ya sabemos quién pierde. Es una experiencia que a la larga se torna profundamente destructiva, no solo para ella sino para la familia en general. Mónica, la gran pregunta: ¿cómo podemos dejar de asociar la maternidad a la abnegación, la renuncia y el sacrificio personal sin desatender las necesidades legítimas de nuestros hijos? En las condiciones que tú misma señalas de ausencia de tribu, prisas, doble jornada… ¿es realmente posible que maternidad y sacrificio personal no vayan ligados?

En esta cultura patriarcal lo veo difícil. Somos pocas las mujeres que hemos tenido la oportunidad de disfrutar de una maternidad tal y como hemos querido.

Las circunstancias sociales, la atomización de los afectos, el neocapitalismo, los valores imperantes, las necesidades creadas, las creencias inculcadas… pensemos solo en la falta de sustento económico. ¿Cómo no va a ser un sacrificio ser madre soltera en esta sociedad? ¿Cómo no lo va a ser no tener apoyos? ¿Cómo va a ser gozoso no poder criar a tu hijo como deseas?

Lo que pasa es que con la maternidad hay un discurso perverso. Por un lado se nos vende esa idea de dulzura absoluta y maternidad rosa, todo felicidad y alegría, y por otro se nos vende la idea de que la maternidad es solo renuncia, sacrificio, una esclavitud. La llaman la nueva esclavitud del siglo XXI. Y claro, cuando llegamos a la maternidad, vemos que nada encaja con esos conceptos.

En mi caso, por ejemplo, me sorprendió por positiva. Yo tenía una idea muy definida de que la maternidad era un espacio áspero donde una se perdía a sí misma. Todo incomodidad y renuncias. Y me encontré, de repente, con el lado luminoso de la vida. También con las sombras, por supuesto, pero con más luz, amor y alegría de la que nunca había experimentado. Así que decidí gozarla todo o que pudiera. No hubo sacrificios, porque fue elegida, apoyada y respetada. Pero en otras circunstancias me habría sido muy difícil disfrutarla.

Lo que merece la pena en la vida, suele ser incómodo. Si quiero estudiar una carrera, sé que tendré que presentarme a X exámenes y estudiar en vez de irme a pasear en primavera. Y esa renuncia se ve consustancial al hecho de conseguir un objetivo que se valora. Con la maternidad no pasa. La renuncia se entiende desde algunas posiciones como una pérdida absoluta de libertad y poder de la mujer.

Lo que hace falta es cambiar el sistema de explotación neocapitalista. Volver a poner al ser humano en el centro de la toma de decisiones y, entonces, la maternidad estaría protegida y tendría su lugar en lo material y simbólico de esta sociedad. Entonces sí, las mujeres no tendríamos que elegir. Podríamos vivirla como quisiéramos.

– En tu libro das herramientas para superar la crisis de pareja: redefinir la relación, resignificar la crisis, practicar la escucha, aprender a expresar el propio malestar sin culpabilizar al otro, desarrollar el amor a uno mismo, establecer límites, satisfacer las propias necesidades, la comunicación no violenta… ¿Crees que es posible hacer todo esto de forma exitosa sin la mediación de un experto o terapeuta cuando la pareja ya se ha declarado la guerra abiertamente y desde hace quizás años? Y si es así, ¿qué es lo primero que tendrían que hacer?

Pues no lo sé, porque cada pareja es única. No hay dos parejas “en guerra” igual. Haría falta una cierta capacidad de escucha, que no es una habilidad fácil de adquirir, humildad y sentar las bases del respeto de nuevo, antes de comenzar ese proceso. Me imagino que la necesidad o no de un terapeuta dependerá de esas capacidades previa de cada miembro de la pareja.

Lo primero que sugiero es que decidan si lo que quieren es seguir juntos y de qué manera y si no, pues tampoco pasa nada. Una separación bien avenida no es un fracaso. ¿Por qué nos empeñamos tanto en seguir en una relación que no funciona?

– Dos lectoras nos dejaros esta pregunta para ti al anunciar esta entrevista: ¿Qué necesitamos saber para que el paso de pareja a familia sea más fácil? ¿Qué estrategias pueden facilitar una adaptación positiva a los dos miembros de la pareja, previniendo o al menos mitigando así esa crisis?

Necesitamos saber que hay un antes y un después en nuestra vida después del nacimiento de un hijo. Todo va a cambiar.

Tener cintura para aceptar los cambios nos hace más dispuestos a hacer lo que haga falta para ser felices. Si nos quedamos enrocados en “yo no quería que esto fuera así”, “o yo quiero seguir siendo aquel o aquella”, “me niego a que el bebé me cambie los planes”… se sufre frustración. Si tienes un hijo, tu vida va a cambiar en casi todos los aspectos, al menos durante un tiempo. Saberlo es importante.

-¿La crisis de pareja cuando nace un hijo se prolonga cuando nace el segundo? ¿El segundo hijo supone otra crisis diferente?

El segundo hijo puede traer consigo otra crisis de pareja si con el primero se han cerrado en falso los conflictos. Es decir, lo que no se haya resuelto con el primer hijo, saldrá a la luz de nuevo. Es siempre lo mismo.

Por ejemplo, la falta de comunicación ya existía previa a la llegada del bebé, pero ahora no podemos ignorarla porque necesitamos echar mano de todos los recursos que la pareja tenga a su disposición para criar a este ser. Hasta que no se resuelva ese tema (u otros) la crisis existirá con el primer hijo y con el segundo.

– Y te prometo que esta es la última: ¿cuándo una pareja deja de tener futuro? ¿Ante qué es mejor poner fin a la andadura juntos e iniciar caminos separados? ¿Cuándo el conflicto deja de ser un motor de crecimiento para convertirse en obstáculo insalvable?

Pues eso cada pareja debe decidirlo. Hay muchos motivos por los que una pareja puede decidir dejar de seguir junta: porque se han cruzado las líneas rojas (por ejemplo, por maltrato o falta de respeto), porque ya no se puede seguir creciendo en su interior, porque se ha dejado de amar, porque no se es feliz… al fin y al cabo, la pareja es una construcción cultural que está en movimiento, como vemos hoy en día.

No digo que la institución familiar no tenga importancia, porque la tiene. La familia siempre existirá mientras haya unos adultos que se respetan y se cuidan unos a otros y a los niños. La forma en que esto se puede hacer es lo que está mutando hoy en día.

Se sigue teniendo familia con padres separados, casados por segunda vez, en familias reconstruidas… cambia la forma, pero que la familia sea un espacio de amor y cuidado mutuo es lo que hay que procurar por encima de la forma. Creo que, incluso en la separación, respetarse, comunicarse y poner el bienestar de los niños por delante es fundamental.

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